Apropósito de un escalón


Acto primero



(En todo lo alto de la gran escalinata, que baja hacia el público y sobre ella, de fondo, a la izquierda Barriletes y al otro lado Acuario. Un cartel ahí mismo que da la espalda, una hucha cerdi­ta al pie. El último escalón es invasivamente grande, como su mi­rada y su boca. Yapeseta se dispone a bajar, demasiado vestido para el cálido entretiempo en bordados dorados y botonadura nacarada. Chorrea sudor. Lee el cartel de pasada).

Yapeseta: ¡Qué grande es, cielo!

(El escalón le propina, entre gruñidos, un feroz mordisco en la pierna, del que le cuesta liberarse).

Yapeseta: ¡Por el amor de una madre! ¿Qué clase de alimaña del in­fierno es esta? ¿≪Cuidado con el escalón≫? ¡Menudo aviso! ¿Podéis hablar? Pronunciad vuestro nombre, pues he de saber a quién me dispongo a trinchar, engendro.

Rampa: Rampa. Así me llamo. (Chasquea la lengua mirando hacia el cartel). Y estabas informado.

(Ya se ha quitado la casaca, que ha colocado cuidadosamente en el pasamanos y ha desenvainado. Da vueltas a la espada sobre su cabeza).

Yapeseta: …Cómo no. Un nombre disonante para semejante criatu­ra. Conoced a Chifias, morid por su filo.

Rampa: ¡Espera!

Yapeseta: ¿A qué?

Rampa: Así que serán 1,8. Has pasado, a fin de cuentas.

Yapeseta: ¿De qué? ¿Adónde?

Rampa: A la escalera. El Paso de las Astarteas. Y te digo que serán una perra con ocho durillos. Luego podremos ensartarnos si gus­tas.

Yapeseta: ¿Y de qué alternativas dispongo?

Así que eso es lo que tenemos aquí: un burócrata.

Rampa: ¡Ni hablar!

(Se dispone a golpear).

Rampa: Baja esa amenaza y tendrás tus explicaciones.

(Lo hace, no envaina).

Yapeseta: Pues veamos.

Rampa: Burócrata. ¡Qué idea! ¿Acaso crees que soy de esos manda­dos, de esos desganados? Turno partido en la ventanilla cuatro. (Sopla). Limpio el polvo de mi desazón.

No, no. Uno está comprometido, presente. Tiene iniciativa y ganas. ¡Qué resiliencia, válgame! Rezumo ambición. ¿Crees que haría tal cosa?: ≪Mi turno ha terminado, tendrá que esperar a mañana≫.

Yapeseta: (Aparte: ≪Pensándolo mejor, cabe caso de que esas per­sonas no sean tan dignas de burla. Mas esta mala cosa hiede mo­ralmente y como a suciedad también≫).

¿Qué es ese olor, Don Rampa?

Rampa: (Exhala una gran bocanada de humo negro). ¡Porróm–pon–pom!

Yapeseta: (Retrocede despavorido, se prepara para batallar). Era una treta. Sobre mis honras, bestia horizontal.

Rampa: ¡Baja esa manía te digo! Es la chimenea. Tengo multiem­pleo.

Yapeseta: ¿Por qué tal cosa?

Rampa: Te costaría comprenderlo. En todo caso, serán 1,8.

Yapeseta: ¿Y para qué? He pasado muchas veces por aquí. Ni una sola he pisado esa noción de que se me deba cobrar a mí, Yapese­ta. Merezco atravesar como se me plazca, ¿acaso no? Lo tengo firme. ¿Qué será, si esto se da? ¿Los lavabos, los bancos de la plaza? ¿Un trozo de playa?

Rampa: Estas son las nuevas normas. No puedes pasar. Arriba.

Yapeseta: ¿Qué os proponéis con el oro?

Rampa: Cuidar el Paso.

Yapeseta: Lo veo cuidado. Acaso desvencijado. Tampoco tanto. Unos albañiles y un ingeniero podrían restaurarlo. Un jardinero quizá.

Rampa: ¿Y cómo planeas costear eso?

Yapeseta: Como se hacía antes.

Rampa: ¿Y cómo era eso? No sabes cómo era eso. Te piensas que el dinero brota…

Yapeseta: ¡Oh! No lo pienso, no.

Rampa: Este sistema es más eficiente. Menos intermediarios.

Yapeseta: Menos intermediarios. En una escalera.

(Yapeseta, confuso y exasperado, asiente y emprende el paso de vuelta lentamente. Fundido).

Yapeseta: Al paso cuatro cascos y buscabais paradojas. Tengo un mapa de vuestro interés.



Acto segundo



(Yapeseta baja frente a Rampa de un salto por la barandilla. Ya sin chaqueta, ni sombrero).

Yapeseta: (Ríe). Bienaventurados los ojos.

Rampa: Vaya. ¿Vas a pagar esta vez? 1,9.

Yapeseta: ¿Y quién se lo paga? Tampoco funcionó el precio ante­rior.

Rampa: ¿Anterior? Nada, nada. Es el mismo.

Yapeseta: Como quiera. En todo caso la gente no está viniendo, si mis oídos no me engañan. ¿No es eso cierto?

Rampa: No sabría qué decirte. No los he contado.

Yapeseta: (Señala a la cerdita). Cuente las monedas, pues.

Rampa: Cabrían más.

Yapeseta: Me pregunto por qué.

Rampa: ¿Y qué dicen tus oídos?

Yapeseta: Están usando el muelle. Yo mismo también. Suben a la terraza en un primitivo ascensor que han hecho. Atado a Elisa. Hablan de poner unas poleas.

Rampa: (Entristecido). Vaya… ¡Así que lo quieren gratis!

Yapeseta: Varias cosas han estado llamado mi atención allí.

Rampa: ¿Como cuáles?

Yapeseta: La creciente hostilidad en la movilidad. Se ha convertido en una cuestión de confrontación. (Mira alrededor). Recuerdo como sonreían antes en este lugar. Ahora se trata de ser más astu­tos que su treta. Eso llevan en la mirada cuando ven el mar bajar y no… (Frota índice, corazón y pulgar).

(Silencio).

Rampa: ¡Pf! (Silencio). ¡Porróm–pon–pom!

(Desenvaina y se pone en guardia instintivamente. Rampa rezuma grasa negra. Yapeseta se sienta a afilar su espada en desconfianza).

Yapeseta: Por descontado, sigue multiempleado.

(Silencio).

Yapeseta: Otra cosa ha llamado mi atención. Los grupos grandes pa­recen los más afectados. He visto familias amplias, incluso una ex­cursión de colegio. Cualquiera diría que, por ello mismo, menos capaces de pagarle. Eran los más incomodados. ¿Sabe cuánto tardaron? …No importa.

Rampa: ¿Y yo qué puedo hacer, si están incómodos allí? (Yapeseta cesa brevemente). ¿Algo más ha llamado tu atención?

Yapeseta: (Distraído, vuelve al filo). Unas mujeres con las que he fa­miliarizado un poco. Unas amigas, ≪amigotas≫ como decían ellas. No entendí muy bien que les hiciera tanta gracia. He de re­conocerle, Don Rampa, a veces siento que las sensibilidades del humor femenino me esquivan. ≪No, no. Somos amigotas≫, pero así como un atrevimiento. ≪Jo, jo, jo, jo≫.

Rampa: ¿Y qué hiciste?

Yapeseta: ¡Ah! ¿Y qué hice? Me lo dice interesado. Como con ganas de ese contacto que el brillo contante y sonante tanto repele.

(El escalón desvía la mirada).

Yapeseta: Reírme. Me sabía mal no seguir la broma. Y una de ellas se llama Herminia. La nueva del grupito, parece. Según me des­cribieron, vive cerca de esa zona. (Acercándose a la barandilla se­ñala hacia abajo). Mire, mire. Por allí. (Vuelve a sentarse para el filo). Y míreme a mí. Ella necesita su silla de ruedas.

Había estado mucho tiempo pidiendo una cuesta aquí mismo. El ascensor no da la talla. Eso me contaron. Yo no he tenido el placer personalmente.

Rampa: Bueno, si más gente pasara por aquí, podríamos hacer mo­dificaciones así.

Yapeseta: ¿Es eso cierto?

Rampa: Eso creo.

Yapeseta: ¿Cuentan sus ideas e inventivas con la realidad de que la gente está pasando por otro lugar, en indignación y está haciendo modificaciones de esos tipos allí? ¿Con que aquello tiene falta porque esto no la hacía?

Rampa: Me ayudo a mí mismo. No veo la diferencia.

Yapeseta: Cuando estaba subiendo para venir aquí, la brisa, ya lo ve que la tenemos hoy, ha acariciado mi cuello y mi pecho. Se había hecho un momento de suavidad, los cuchicheos habían cesado momentáneamente. He recordado que notaba la misma brisa cuando pasaba por aquí.

Les he mirado con la discreción que me cabía en tal cubículo. Puede que pecara con el ombligo cuando le vi primeramente. Ellos tampoco deberían pagar, ahora me doy cuenta. El dinero es­casea, los bienes también. Entienden, sienten en las carnes, que es una procesión al aislamiento. Ya no se pueden encontrar con quienes antes sí.

¿Me permite que le sincere un silencio?

Rampa: Si crees que puedes fiarte de mí, te advierto que al final de tu relato te pediré algo a cambio.

Yapeseta: (Mira hacia el sol, seca el poco sudor de su frente y decide continuar). Me había quedado en parte adormecido, con la cabe­za contra uno de los barrotes de la caja. Cuando he notado como una voz, quizá dentro de mi cabeza.

Rampa: ¿Una voz, has dicho?

Yapeseta: Exactamente. Sonaba pueril, como de una niña en un su­surro. No he querido reaccionar, al notar que nadie más lo hacía. Ha sido un soplo, un hálito, como savia.

Y me ha hablado de filosofía. Yo sé bien poco de estos temas, era más cosa de mi hermana. Me ha contado sobre la experiencia ≪rizomática≫1.

Rampa: ¿Y qué es esa cosa?

Yapeseta: He visto como se abren camino. Sin nadie arriba, nadie abajo. No durante mucho, igualmente. Del monedero quiero de­cir. Y se reorganizan según va haciendo falta, como una mácula de hormigas. No hay núcleo estricto, tampoco un trono.

A veces parece un ruidoso enjambre, si uno lo ve desde den­tro. Pero si funciona, ¿por qué no? Si hace bueno y mejor, ¿por qué no?

Rampa: ¿A ti te convence esa habladuría?

Yapeseta: Me ha cautivado llegar arriba. Caía la mirada hacia abajo. El ascensor cristalizará nuevos hábitos. La presión del ojo los hará inflexibles. Justo en el borde ha brotado lo que me ha parecido un principio de astartea: ¿puede la mácula hacerse duradera? Y si es así, ¿cómo lo haríamos?

Debo marchar. A por unas botifarras y flaó, me toca llevar. (Se despereza). Antes, ¿qué quiere de mí?

(Silencio).

Rampa: Cuéntame el desenlace.

Yapeseta: (Sonríe). Lo haré. Buen día.

(Fundido).

Rampa: Qué rica esa merienda…



Acto tercero



(Yapeseta baja por Rampa en ropa humilde y para el clima. El segundo padece ronquera).

Yapeseta: ¿Y qué ha sido de ti?

Rampa: Ah, qué más da. Siéntate.

Yapeseta: Ea.

Rampa: ¿El ascensor? ¿Cómo va aquello?

Yapeseta: Los cambios predecibles. Han puesto mosquiteras, quie­ren instalar ventanillas para los días de mucho viento. Algún gro­sero temprano, convencido de que lo compartido es suyo.

Rampa: Ya veo. ¿Y…? ¿Y las flores?

Yapeseta: Cuando vas subiendo, si entornas los ojos con un poco de fuerza, se ven algunas. Aún son muy jóvenes.

Rampa: ¿Qué tal aquellas…? ¿Cómo era? ≪Jo, jo, jo. Jo≫

Yapeseta: Las amigotas. Comodonas y desparpajadas, como siem­pre. Y conocí a Herminia.

Rampa: ¿Cómo fue?

Yapeseta: Coincidimos en el muelle. Se despedían tras tomar el café en casa de ella. Las demás tenían recados por aquí arriba. ¡Qué sonrisa tan grande! Le encantan las sandalias, tiene una pequeña colección, me dijo. Cada vez que la he visto lleva algunas puestas.

Pero les gustaba más pasar las tardes ahí detrás. (Señala la en­trada de Acuario). Otro motivo por el que quiere poder venir.

Rampa: ¡Porróm–pon–pom!

Yapeseta: (No se asusta esta vez). Deja. (Le limpia algo de la grasa con las manos). Déjalo estar. ¿Qué se ha conseguido? Dinero los primeros cinco minutos. Con este multiempleo no impresionarás a nadie. Hazlo de otra manera.

Rampa: ¿Por ejemplo?

Yapeseta: No lo sé, Rampa… ¡≪Rampa≫!

Rampa: ¿Cóm…? ¡Oh!

Yapeseta: ¡Por favor!

Rampa: No lo veo claro.

Yapeseta: (Cuasisuplicante). Sé amable. Los rizomas y lo otro.

Rampa: No lo entendí así.

Yapeseta: Bueno, bueno. Ya iré a por libros y lo comprobaremos. Ellas podrían pasar aquí algunos ratos.

Rampa: ¡Uy!

Yapeseta: Y yo: me invitan a menudo. Otros podrían pasar. (Y su­pongo que el ascensor sería una opción para quien la quiera).

Rampa: Hm, hm.

Yapeseta: No te había contado de mi buen oído. ¿Y si pasara por aquí también un cierto tentempié?

Rampa: ¡Bueno, se terminó!

(Rampa se alza lentamente. Descubre así dos piernas mons­truosamente musculosas y depiladas).

Yapeseta: ¿Qué piensas?

Rampa: Que quiero conocer a las amigotas.

Yapeseta: ¡Bien!

Rampa: Ah. Decirlo me hace muselinas en la panza.

Yapeseta: (Ríe). ¡Oh, espera! (Desenvaina y, junto a la barandilla, corta una flor). Sólo una para mí. Dejaré el resto. ¡Que luzcan, crezcan y decoren el paso de los venideros! (Baja un escalón, aún mirándole).

(Fundido).

Yapeseta: O podría llevarla a Herminia. Alguien debe ir a avisarla. Y en ocasiones las lleva sobre la oreja.

¿Te haces la pedicura?

Rampa: Tengo mis excentricidades. (Ríe).

Había unos conocidos, conmigo no será suficiente…, unos ado­quines, eran un montón. Puede que quieran ayudar. Del ascensor tendrá que ocuparse otro.

Yapeseta: Vuelvo en un rato.

Rampa: ¿Con la botifarra y las habladurías?

Yapeseta: Una fría y las otras calentitas.

Pero debo decirte… No me gusta que Herminia, propiamente, no lo haya solucionado. Debería poder llevar sus exigencias a do­quiera. Claro es que ella no tiene culpa.

Rampa: Que venga. (Ríe). Ella propiamente me lo dirá. Ve.

(Se le oye bajar).

 

 

 

1 Está refiriéndose al rizoma de Deleuze y Guattari.

 

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Comentarios

  1. Es el primer texto teatral que enseño, con el que he querido estrenarme.
    Espero que os guste,
    XX

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