Apreciación crustácea
Desde este lado del mar, abajo las residencias (en argamasa, blancas y ventanas en borde azul) y ahí a la izquierda largo el Muelle Múrice en púrpura ceremonial, sobrel mismo, saliente del risco.
Pero todavía pasoteando por la escalinata que dentre las casas rodea por el lado contrario, sube-sube en caracol y pasa el Acuario para llegar a plaza Torre Barriletes.
En ella, que tiene nombre por buen motivo, abundan los cangrejos con esa gran tenaza de un lado. Que se amontonan, vara flauta en una y revoltijo de algas en la pequeña. Se enzarzan en ≪fieros asedios≫ que son un gran ejemplo recreativo en el reino animal. Y ahora va la vara mojada que hace: ¡plom! Ahí vuela el manto de yerba: ¡frus! Toca suelo finalmente el vencido: ¡güi-güi! gime del revés.
Dicen que algo tiene que ver y luego se reparten tareas por tantas caídas aquí, tantas ahí. Unas de la caza, otras de la casa. Porque resulta que mudan sus conchas cuando son cuidados. Y las sueltan al anochecer y corren como pequeños fantasmas blancos al resguardo, pero dejan el rastro en tierra, lejos del escondrijo. (¡Cuidado! Que sí parece que haya aparicioncillas en Catalina y hasta una más tamaña). Y van rápido, rodeados de los custodios resultados de tales escaramuzas. Una mácula blanca entre la barrera roja. Suena la concha abandonada tan lúgubre al viento ululante. Así hacen: comida, cuidado, descanso y un par de medidas de juego.
Y más allá de vuelta, en la terraza álzase al brillar del día una columna, la más alta. Que antaño era roca viva e ídolo del navegante con gana de volver. Atábase ahí para subir desde los desembarques algas, pesca, pequeños intrusos que ya te he dicho y varias otras recolectas.
Llegó que la esculpieron así, para dar nueva forma al ídolo Elisa Dido, porque ≪nos encontramos convencidos de que estas pintas fueron las suyas verdaderas≫. Casualmente apropiadas para los regustillos en boga. (¡Y qué reloj tiene! Que también es rosetón con sus cristales rojos y da al mar y a la plaza. La mayor parte del año y del día se proyecta sobre la fuente de ésta, que es marrón castaño).
Ah, Acuario. Bosquecillo, estrecho pero harto alto, de suculentas. Allí vive le boticarie. Vaya quién a saber dónde. Más bien sale al encuentro si se le llama. Algunos días de la semana. Los menos.
Llamado con tal nombre por tantas burbujas que reposan en sus hojas y parece que una esté en remojo. Sobre todo al amanecer; se acumulan en la noche y ya el sol: ¡pop, pop, pop!
También es posible comprar durante los menos productos de aloe vera. Populares como regalos. Y es que a muchas gusta para perfume y ≪Mira qué tengo. Puesto lo llevo≫ y ≪Ya se te nota, ya. ¡Qué piel!≫. Que es más suculenta la conversación y más que cuida a menudo quel ungüento.
≪—¿Y me dejas una chispa así de pequeña para la punta de la nariz?≫ —dice esa.
≪—¡Bueno! ¿Y si vais empezando en lo que yo traigo unos montaditos, quién tiene tarde?≫ —añade aquella.
≪—A mí me parece…≫ —dice una tercera mirando el reloj—. ≪A mí me parece que aquí dice siesta≫.
≪—¡Yo llevo en el cesto mantita para dos! Vente, vente≫.
≪—¡Para cuando vuelvas, llevo baraja! Te unto poción, anda≫.
A la sombra de la hoja, a la vera de la entrada, aunque va tiñendo la tarde: ¡plom! ¡frus! ¡güi-güi!
G
Mi estreno en narrativa, con este trozo pequeñito.
ResponderEliminarEspero que os guste.
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