La hora de abolir la familia (II)


De cajas y lecturas



(En el botijo, rojo de nuevo, aún hay negro. Luz rosa, verde y cálida. Asoma el rinconcito. Ambas cajas. AdC sin un abanico).

Así es como sucede. Con una pequeña mota. Porque de esto se trata: que parece que todo está bien. Que parezca que todo está bien. Si dominamos el escaparate, tenemos la respetabilidad. Un sacrificio por el colectivo, que no mira de vuelta. Porque no de­bería según esta misma mentalidad.

Así quedaron. Semejantes términos pueden parecer irreversi­bles, a menudo lo son. No completamente. Porque las historias de redención son útiles también. Como veremos; no todavía. Aunque por esa parte nos veremos entre cruces más pronto y so­bre Elisa, si sois pacientes.

He progresado asimismo en las lecturas, son unas cuantas. (Ríe). Quién puede juzgarla. Hasta en una crisis se arranca a es­cribir harto. (Reposa). Y bonito, me parece a mí. (Mira hacia las cajas). Y por lo que veo, yo a leer. (Gallardía melodramática). ¿Es que no pueden dos mujeres enamorarse de las letras?

Así que ha estado un poquito mejor. Va ahí, ahí. Ha recuperado el apetito. Y ya es mucho pedirle. A fin de cuentas se trata de ellos dos, la familia, su familia… Y la Isla. Le tenía tanto cariño, también a pesar de las hostilidades.

Le estuve hablando, la última vez, digo. Los tiempos verbales son estrafalarios, ¿sabéis? En estas vasijas no se mide el paso del mismo. (Para qué, de todos modos). (Cavila, chasquea los de­dos). Desde entonces he leído dos recopilaciones de relatos cortos para pasar el tiemp… o estancarme en las corrientes de estos efluvios que aún me son impronunciables. ¿Vale así?

(Entre vosotras y yo…). Parece que ha pasado por las rabias inmediatas. Dos golpes de ansiedad que fueron honestamente aterradores. Me he fijado en las divagaciones por las que se pier­de caminando. Por supuesto eran más lacerantes al principio. Cáusticas. Ya va reposándolas y hay algunos brotecillos de dis­tracción. Le puse en las manos Amadís de Gaula, su favorito. Y Tirant lo Blanc.

Ya me nota cuando me mira. Así que de las púas a los bálsa­mos, pero sin curar aún. Le dije, con cuidado, le dije (en un su­surro): ≪¿Por qué cuando me puse tu antifaz…?≫. Esa mirada que me echó, de arrepentimiento y deseo. Indispuesta y necesita­da para y de la misma compañía. Ya os lo digo.

Y no me infunde ninguna tranquilidad que cuando le dije que si pensaba repetirlo, escondiera la más sutil sonrisa de las suyas. Supongo que una pequeña gota de alegría sí me infunde.

(…Pausa). Os pongo al tanto.



Recuerdos, misivas y suposiciones: pastiche


El dos de palos


(En el rinconcito satén rojo y negro aquí y allá, que cubre una red para coralinas. Luz rosa, verde y cálida. En el centro, la caja colorida).

Y desaparecí. (Se abre la caja). Sólo un rato esta vez, claro está. La tarde sólo había empezado a teñirse. Y aún ajena a cuanto estaba empezando a desarrollarse, decidí dar un largo paseo. Primero volví a bajar hasta el muelle. (Ambas latas de sardinas en el pañuelo, con un brazalete de dragón). Volvimos, esto es. Pues por supuesto mi nueva amiga ya había decidido usarme de palanquín. La llevaba al hombro, con el rabo serpenteándome entre los platos de la espalda y los bigotes haciéndome cosquillas en el moflete. Claro que ronroneaba. Iba a cuerpo de reina. Entrecerrando los ojos ocasionalmente por el cansancio de la siesta que, ella pensaría, requería otra y no hay más que hablar.

(Se desanuda el pañuelo). El agotamiento emocional, agudo pero no extremo, me dejó en ese estado pensativo de las últimas inercias del día, cuando fue a juntarse con las frescas brisas de la orilla. Mas como es bien sabido no tardan en hacerse pegajosas en la piel. No estaba lista para salir de tales merodeos. Como sin dar­me cuenta, fui pasando por las brisas intermitentes y disneicas de las callejuelas. Unas de esas con las ventanas de las casas tan a flor de paso, que al pasar tiene una la impresión de que Doña Berta, haciendo ganchillo ahí en su salón junto al culillo de hierbas en el vaso para las ≪medicinas≫, asomara a lanzarle un beso en la mejilla. Pero tales cuadros quedan rápidamente atrás y van otros nuevos, que ya se han visto. Pero son ciertamente nuevos. Porque en las pequeñas variaciones, si no hechas con constreñimiento y más bien con idea, ciertamente puede haber mucho valor.

Como la tradición oral de caperuzas, mascotas, como esta que­rida mía. No puedo evitar sonreír. Ah, que cosa tan rápida el sen­timiento al animal. Como mascotas que tocan música, quería de­cir. Y el fameliar, ≪feina o menjar≫. Un preferido personal. No deja de ser cierto que le quitan ambas y parece que se descompo­ne una viscosamente, sin esqueleto. Pasada por la tabla y el cuchillo bajo la mirada del cocinero: chap,

chap,

chap, arriba por los escalones donde la brisa es más fresca y puñetera. (Sobre la caja, abierta, las latas). Que da por un lado y al otro, la otra; los pelos casados con la cara, gracias al ungüento so­lar. Poco habrá notado elle, que en rara instancia recibe más que rayos filtrados por la floresta.

(¡Cuidado, sin embargo!). No todo peligro es inofensivo. (Van las latas): (sólo un pasito). Atrás lenta, intermitentemente el cua­dro de ese garito… (Van): (un pasito pequeñito). …hediondo de tahúres. (Van): (Uno más, pequeñito como el de un escarabajo). (Susurro): mi padre juega. (Pausa). Y puede verse finalmente risco abajo, ombligo abajo prácticamente, todo el camino hasta el agua. Puede parecer largo, una caída. Y todo tiene su cierta perspectiva. No lo habito yo, pero esas medusas sí. Para ellas es un camino, como ir al mercado. Salen del agua de buena mañana, se cuelgan de las ramas a la espera de que llegue el producto, cuando pasa una gaviota se sueltan y de vuelta a casa puede ir ya desplumándo­la, si quisiera.


Aquí me siento respirar aliviada por primera vez. Y es justo aquí donde sentí como se paraba el reloj. Las segundas negruras entre las nubes. El viento, si hubiera podido verse, habríase visto petrificado1.

La caída a mis pies. Se revolvió entre mi cuello y la agarré por la panza, por qué poco; la apreté contra mi pecho: ≪miau≫.

Después de tanto tiempo, caí hacia atrás en vértigo y su lengua áspera me lamió el pecho, por primera vez el respiro. Tras pre­sión de un lado, luego al otro. Y cuando por primera vez respiré… me sentí aliviada, lejos de sentirme aliviado.

Eso había sido desde el principio, ¿no es cierto? Que una mu­jer sólo puede descubrirse cuando se le permite. Apartarse la capa, dejarse ver, ≪¡en efecto, soy yo!≫.

Porque primeramente, no puede saberlo prematuramente. Una mujer representa en las calles mixtas una sexualidad que una jovencita no entiende aún. Y cuando tiene, no ganas, sino permiso para entenderla, el miedo de participar, se mezcla con el de parti­cipar y perder. Aún peor, podría considerarse, ganar. ¿Sobre quién?

Ah, ese endiablado tiempo presente, que vuelve a moverme los sucesos de lugar, de momento. La misma cosa con dos perspecti­vas a cada cual más innecesaria. Qué sociedad funcionaría sin ellas. ¡Mi brazalete! ¡Se ha precipitado!

Sé que no te quedarás aquí, pacientemente. Cargaré con una bola de pelo dentro de mi camisa. Me abrocho los últimos boto­nes y noto tu panza cálida.

Al bajar por una rama, veo una hendidura en la roca. Puedo meter el pie, que casi no me alcanza. La otra mano va a una gruesa raíz muy seca. Un pequeño hueco, como de mi tamaño, con un par de gaviotas apareándose que escapa volando.

Se rompe la madera bajo mi zapato. De manera que entro, entro rápido, el estómago me empuja el corazón hasta la garganta. En el estómago, por otra parte, sigue ella. He visto como la rotura ha golpeado el brazalete más abajo. Es de las aguas. Sin embargo las olas me rompen a mí.


El cuatro de corazones


(La caja más colorida, al frente y abierta, mira hacia el fondo, donde está, girada y cerrada, la más vetusta).

(Dentro, dos luces).

Y por supuesto llego a Palma Palmito, casa de bebedores, barajas y más tránsito bajo, que sobre las mesas. (Una lata). Toco a la puerta. Un portero o bedel viene apresurado girando la esquina con el cubo y la fregona que acaba de vaciar. Sigue lleno. Junto a ella me mira de arriba a abajo. No le importa si lo noto. Tiene semejante derecho, cree.

—¿Mande?

—Vengo a ver a Don Benito —le digo—. Está enterado. Es por Arpegio.

Abre la puerta. Hay otro detrás. Más bien una docena:

—¿Quién?

—El chaval que tienen ahí dentro.

—¿Quién va?

He leído teatro desde que se compuso mi memoria. Traigo un vestido: blanco, encaje, para el tiempo y del lugar. Lo he montado yo rapidísimamente. Gracias, mamá. Los tacones vienen caminan­do de la tienda.

La puerta, como descubriría más tarde, se abre para su desgra­cia. Para la de todos. Es igual. ≪Puerta tras puerta parece cerrar­se con finalidad delicada detrás de mí. Innumerables porteros en­cajaban innumerables llaves en cerrojos bien engrasados; la casa del tesoro se había hecho segura una noche más≫A. Eco, eco. Qué raro. Y el del cubo se pierde hacia la barra.


El vaso la golpea, cubito, cubito.

—La especialidad de la casa, por favor.

Plátano, plátano, plátano. Tomate. Un María Banana. ¿El ca­marero lleva guantes? Cómo no entra la poca luz que veo fuera adentro por las ventanas. Efectivamente, huele como el vinagre de los pies de tu padre cuando vuelve de trabajar.


Le he visto dentro al subir. Está preparándose para apostar. De verdad cree que no van a hacer artimañas o que podrá sobrepo­nerse con voluntad. Así que un tornado, esa fuerza caótica, tendrá que enturbiar un poco el asunto. También con un pintalabios y un rasurado demasiado que aún duele en toda la cara; ahí va mi pri­mera presentación. Gracias, Arpegio.

Está de espaldas, habrá apostado una oportunidad como músico, algo así. Al otro lado está Don Benito. Menos Don donde pesa el respeto y más Don donde levita el miedo.

Al fondo esa puerta, sostenida por dos vigilantes estirados; uno poco adornado y el otro con demasiadas joyas. Les llamo Dórico y Corintio. Ambos con abultados gorros. En un mal día podrían perderse flotando entre los vientos. Hoy es un mal día.


Una buena mano


(Aparecerán ambas cajas y un guante en corro).

La señora en el taburete pide un tapa de tres sardinas. ≪Le he dado al camarero un billete de diez chelines y ha ido a traerme cambio≫. Debe de ser extranjera. ≪Había otro en el bolso; lo he notado porque es un hecho que aún me deja sin respiración: la habilidad de mi bolso de producir billetes de diez chelines auto­máticamente≫A ríe. Eco, eco. Me alejo cordialmente. ≪Una, dos, ¡falta una!≫.

Me acerco, aparto la tercera silla sin pedir permiso. (Luces). Benito se ha girado, susurra a Dórico. Toda la mesa está prepara­da.

—¿Tristán?

Le pateo la espinilla, cojo la baraja, reparto una carta. A él.

—¡Eh, un momento! ¿Quién es usted? —dice al verme.

Ya he repartido la primera carta, como le señalo. La segunda se la echo a él. Él ya sabe quién soy, le digo con ademán que resta importancia. Respeto la ceremonia: cuidadosamente en el sentido de las agujas el reloj. Le importa tanto el rito, esto sí lo respeta por algún motivo, que no sabe echarme ya. La tercera para mí.

No saben dónde mirarme. Con extrañeza al escote y con fijeza a las manos parecen predominar. Sólo quiero, como explico con calma aparente, algo de diversión. Celestina Lasastra pueden lla­marme, interrumpo. Si hay apuestas sobre quién gana y quién pierde qué, yo pongo mucho o me llevo poco. No hay resistencia. Tiendo la mano. Dórico da dos palmadas, Corintio chasquea los dedos. Nada de apretones por aquí. Miro mi mano. Fuera mano.


Dos velos de seda cruda ya están desplegados. Si estas trampas no nos matan, será toda la suerte de la baraja. He repartido. María me propina un trago.

Es fácil comprender cómo nuestras familias han llegado a esos puntos. Helo aquí. Tras una breve recapitulación: que según ha dicho ≪Don Arpegio≫ no tiene familia. Que una de las veces ha dicho que ya no tiene familia. ¿A qué se debe eso?

Pues a que han discutido, claro. No se siente inclinado a entrar en detalle en la intensidad de la situación, lo largo de la misma.

Sin embargo, no parece que debamos romper lazos cada vez que discutimos, le contesta.

No es eso lo que ha dicho mi amigo.

Si es que podemos, añade.

Ahí esta. Los lazos de sangre no se pueden deshacer. ¿Qué son? No lo explica.

El cinco de corazones.

Me hace pensar en tarta. Lo ha jugado como botón a su boca y ahora espera una respuesta.

El cuatro de palos y el ocho del mismo.

Hace doble. No es mala jugada. En todo caso le cuesta antici­par. Se vendrá abajo en cuanto tenga una mala mano.

Pregunta por la importancia de los lazos, si es que se pueden justificar más allá de la tradición.

Un siete blanco.

Combina con todo. Paso desapercibida. (Una luz: eso sí: no me siento tan centrada. Sino espesa, desde que me he vestido así. Parece que doy volteretas desde que he entrado).

El seis de palos y el ocho del mismo.

Juega un bocadillo.

Insinúa que sin la sangre, no nos queda nada.

¿Nada? Ningún orden social. Claro, eso es nada. No organizar­nos como cajas de lápices en una papelería.

¿Quién, según él, que sigue, heredaría los negocios locales, las costumbres y la confianza que nos une? Se construye historia, se sabe quién es de buena guisa o tiene máculas morales. Impide que cualquiera pueda ir o venir y hacer cualquier cosa. Protege las costas de nuestra cotidianidad.

¿Cómo las costas de nuestra cotidianidad? Esa expresión la usan mis padres. Arpegio me la dijo una vez, sobre una discusión, ¿fue de su padre? Sí que es fácil comprender cómo nuestras fami­lias han llegado a estos puntos. Aquí suena más articulado.


Otro siete blanco.

Una diana sin color. Parece que sepa lo que está haciendo. Y ese va a ser el problema.

Se opone firmemente. En abierto. A todo.

Como hace la juventud. Que antes de empezar a destornillar un argumento primero por un lugar, despacito por el siguiente rin­cón más conveniente; cedo por allí, para ser más rápida allá. No. Todo va. De golpe.

Ya: pues dice que todos los cuidados deben ser garantizados por organismos reguladores debidamente designados.

¿Y cómo llegamos ahí? Me pregunto. ¿Cuándo tratamos la va­lidez de la utopía como elemento funcional político? De las es­tructuras tambaleantes del otro nada; ya no digamos de sus tierras removidas con proporciones de ataúd. Estallan risas.

Los argumentos se sirven en vajilla retórica, Arpegio.

Es necesario que juegue sólo un poquito mejor. No llamar la atención. Más bien no llamarla cuando lo haga un muchito.

(Una luz: ya lo entiendo. Es como si hubiera cruzado el cristal. Como si ya no estuviera viendo todo el carnaval desde fuera, sin sentidos, sólo los colores como algo otro de mí. Desde que me he llamado así. ≪Tina≫ es una palabra que me da permiso para jugar desde dentro con los demás. Qué alboroto, estoy hiperestimulada. Aprieto y aprieto, (susurra) no llores ahora), pon sobre la mesa

Dos sietes blancos.

Que con el anterior hacen tres consecutivos. Es una horchata. Y traen unas aceitunas partidas a la mesa de al lado. Cada mesa tiene algún encurtido. Pepinillos, cebolletas y… Benito saca un cortapuros, un bote de palmitos y corta la punta de uno, ya seca, se lo pone entre los labios.

Empieza muchos galopes así: ≪De esta manera, supongamos que…≫. Supongamos que un punto mitad cierto encadena las ideas más peligrosas que has escuchado esta semana. Y ahora hue­le a salmuera de cerca. A propósito, qué tranquila está la cocina.

Allí en la esquina oscura hay ≪como una telaraña, adherida por poco quizás, pero adherida a la vida aun así por los cuatro costados≫A. Eco. Me mira rutilante.


(El ambiente está desgastado).

Por supuesto, pasan seis rondas más hasta la última. Como su­cede en esta variante del tus. A mi izquierda se han agotado los ar­gumentos, que entran en bucle. A mi derecha los mismos puntos se han presentado media docena de veces como diferentes y se han añadido datos que no hace falta contrastar.

Aquí viene María. Más de una hora después está calentita. ¿Me has visto el plumero? Así va. En primer lugar, la apuesta por mi parte era indiferente, estaba dando por sentado que las trampillas sobre esta mesa estarían tan controladas que no habría manera de ganar. Si cambiamos los objetivos del juego, sin embargo, puede moldearse un poco al asunto. De lo que se trata es de no perder. Es decir, más bien de que él no gane. Esto no es una partida de cartas, es una bomba de humo. Si el resultado es tan sorprendente como para paralizarles sólo un momento. A todos ellos. El albo­roto es nuestro momento, que según dicen es un minuto y medio. Éste lo será.

Porque Benito sabe que yo no puedo ganar, esto es, que él no puede perder, esto es, que el sólo puede ir primero; que no lo haga es nuestro momento. (Así que he fingido no jugar muy bien, no entender mi moderada suerte, mientras me quedo a una jugada inusualmente buena del primer puesto. Vamos cinco a trece a diecinueve. Ya sabes quién es quién).

El segundo velo está bajo la mesa ya, entre mis piernas. Y gracias por el vinagre de los encurtidos, porque vuelve a oler a sardinas y yo no se las he dado. Trae tres cartas y se las cambio.

El ocho de corazones.

Es el tercero consecutivo. Eso es un bizcocho.

Dice Benito que el ochenta por cierto de las mujeres son más felices en familia. Son hechos, simplemente.

El tres de corazones.

≪¿En qué barrio hiciste la encuesta?≫ contesta Arpegio, ago­tado, insípido. Es como no jugar nada.

(Una luz: Yo me siento extraña. Esta vez aprieto, pero no para contener la pelota. Es como un enorme ovillo de lana en la boca del estómago, no duele. Se sale la hebra por mi ombligo. Tània, que se ha acomodado dentro de mi vestido, le da con la pata. Se levanta la respiración como el aleteo de dos gaviotas. Soy un ju­guete y tiro de la cuerda):

—Pues vamos a ver. Si conceden a esta dama una respuesta aclaratoria. ¿Cómo se llamaba esto? Creo que esto era algo.

El dos de blancas…

Una mirada confusa, otra desconfiada.

…El tres de corazones…

Una mirada confusa, otra busca en el instante más breve a los dos ayudantes. La mirada rebota hasta la barra.

…Y el cuatro de dragones.

Una escalera celeste. Una de cada y repite una carta anterior. Ya sabes lo que es una escalera celeste. Benito también. Ahí, ale­lado, boquiabierto, ojiplático. Ese delicado instante en el que un hombre, demasiado hombre para tener sentimientos o qué se yo, no sabe cómo reaccionar. (¿Así es como se ve desde esta orilla del río? Presta atención a la fluidez del centro. Quizá no ahora).


Las cartas saltan, el barullo se mezcla como lo hacen los cuer­pos. De la cocina, que abre Corintio, sale el cocinero jefe con una gran caja de hierro forjado. Hace ruido y gime. Sí, la caja. Va la mesa al suelo, la gata a la cara de alguien y oigo como algo se des­envaina por allí bajo la barra.

Son tentáculos los que apresan a Arpegio por los hombros y los muslos. Tiro de él. El Gran Platón, así le han llamado, mete todo el antebrazo derecho de mi amigo en esa caja por un extre­mo. Tiro de él. Caigo al suelo y lanzo un par de botes a medio derramar de pepinillos. Les escuece. Tiro de él.

Se libera sólo un poco y entre dos muebles, ¡que se parten! con el golpe del camarero armado, vamos a la puerta, ¡que se parten otra vez!, y salimos a la calle. Casi intuitivamente nos separamos en la escapada. Está anocheciendo pero aún hay algo de luz, algo de estar a plena vista. Menos mal.

Y aquella… Aquella fue la última vez en la que vi a mi querido amigo. Resulta que hubo algo más. No importa cómo llegué a este botijo, ni cuanto tardé. Pero sí esto: él tuvo un problema más. Ellos lo tuvieron. Porque verás. Tardó varios días en abrir la caja. Y una medianoche… Era evidente en retrospectiva. A Dórico se le saltó el gorro en el altercado, tenía una enorme. Los gestos, el mu­ral de la entrada. Tantos guantes.

Resulta que cuando retiró la caja, allí estaba él. El poeta Grafa­el. Con una pequeña reverencia se presentó. Sólo había un pro­blema. Un problema de mi amigo, muy propiamente. Grafael era una mano. (El poeta mira inexpresivo).

(Fundido).



Cilicio para la conciencia



(De nuevo en el botijo. AdC está sustituyendo a Tina. No se ha atrevido a ponerse el antifaz de ella).

(Mira al botijo). Vamos a estar tranquilitas esta vez, ¿vale? Me he puesto veraniega como me pediste. (Convulsiones en el vientre. Fundido).

≪Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban. A las cinco de la mañana ya entraba Sor An­tonia en los dormitorios tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres durmientes≫.

(El antifaz bronceado).

Así empieza más o menos uno de los arcos argumentales que con más cariño guardo de una obra que me es profundamente im­portante: ≪Fortunata y Jacinta≫, mi manga favorito. Con mucho trabajo para poner en vereda los caracteres: el arco de las Micaelas. Especialmente el carácter de Fortunata. Ahora estamos y hasta que salgamos del convento, todas encerradas en la con­ciencia de Fortunata. Si las latinas no tenéis leidísima esta obra o absorbida pasivamente por inmersión cultural, no os preocupéis. Es muy buena, Fortunata tiene fama de no serlo tanto en el Ma­drid del siglo XIX. (Susurro): de fresca. Subid al carro, es sesión doble de literatura con la tita. ¡Vamos, vamos!


A las que lo hacen con aplicación, esto es, lo de trabajar, se las manda a vigilar a las nuevas. (Tono de crítica constructiva): Re­cuerda a cierto sistema político. En esto conoce a Mauricia.

Así que las han puesto a limpiar. Porque ella está intentando entrar en el modelo de buena esposa.

Y Mauricia, por su parte, termina en el convento porque la lle­va Doña Guillermina, muy devota, como solución al alcohol. Y esta es la cosa: que las redes de apoyo femenino sólo ven mane­ras de funcionar dentro del sistema patriarcal. Es un panóptico. Nos controlamos nostras mismas para complacer a unos señores que dicen lo que complace a un señor. En este caso y con sus propias características, no un monarca, sino una figura divina. Aunque el otro es percibido como más que humano y éste como mandatario de conducta. Es el mismo mecanismo según el cual funcionan los lugares comunes de la feminidad tóxica: está sin depilar, tiene los brazos gordos, dicen que es una fresca. Quizá la fuerza de empuje deba dirigirse hacia una sororidad que busque las soluciones dentro de nuestras comunidades.

(Podrías argumentar que debemos buscarlas tendiendo puen­tes con las masculinidades saludables sistemáticas. Una postura a lo Kollontai. [Imagen de Alexandra]. Señala en ≪Amor Rojo≫B que la lucha debe darse horizontalmente, colaborando obreras y obreros. No con las ≪feministas≫. Lo que en ella, para quien no la tenga al dedillo, significa las burguesas. No pongo en duda las capacidades de efectividad política de estas posturas. No soy tampoco la mayor partidaria de aceptarlas como un fin único).

Mientras tanto, Juanito, el hombre que tenía a Fortunata como amante, la desecha por respetabilidad porque es un aristócrata y que la usará de nuevo más adelante, recupera el interés por ella cuando se entera de que va a casarse y supone, con el paso por el convento, que estará indispuesta a la infidelidad. Lo que la hace más deseable.


Pues resulta que Mauricia es… problemática. Todo suele em­pezar con algún pequeño altercado sin importancia del que no se sabe deshacer. Porque, claramente, no tiene las herramientas de gestión emocional. ¿Qué educación van a tener? No saben ni es­cribir. Lo que, en consecuencia, se agranda. Pasa, en un primer momento, a la ofensiva sin violencia explícita. Como bromas pe­sadas de muy mal gusto y confrontación verbal a la defensiva.

En una de estas, Sor Marcela, la carcelera básicamente, la mete en una celda. Con ella tiene una relación entre la autoridad y sumisión y la calidez sorora.

Mauricia, como próximo punto de su ciclo recurrente, pasa a la socarronería y el peloteo burlón. ¿Irrelevante? Pide un trago. Sor Marcela trata de dárselo, tras llevarle la cena. Debe señalar­se: con el objetivo de que se le pase una cierta pena que mencio­na la presa. Cómo no ver en esto el síndrome de abstinencia2. A pesar de ello, esta pequeña concesión sirve como un momento (de nuevo, recurrente) de cuidado emocional. Ella se alegra y empieza la recuperación de este ciclo.

≪[…] Y con la alegría vínole una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar […]≫.

Sale y se pone a trabajar. Está avergonzada. No subestiméis este sentimiento, porque es fundamental para la iglesia. Se pro­voca con el reproche antes de la restauración. Y, es importante insistir en esto, no rehabilita.

Entre tanto, se está levantando un muro que tapa el paisaje. Fortunata deja de ver más allá. Sólo oye la obra, esto es, ecos del exterior. Está limitando su nuevo mundo, que con ello se está construyendo. (Esto será necesario para la felicidad que men­ciono en breve. Una separación del mundo masculino que la ha oprimido inmediatamente, para reposar en uno que lo hace con mediación; una leve suavización).

Inevitablemente se van tejiendo las relaciones. Por ejemplo, las risas vienen con una pequeña fiesta. Marcela y Mauricia enta­blan una conversación de iguales sobre los ascos y placeres del tabaco. El punto importante es que esto es lo que se hace de fiesta, de excepción. La disposición de igualdad femenina viene supeditada a la jerarquía masculina eclesiástica.

A propósito del convento como la conciencia de Fortunata, nos encontramos súbita, invasivamente (como este párrafo), unos mantos y ramos que regaló Jacinta3. Por supuesto, la esposa de Juanito. Que tiene fama de todo lo bueno, a la que por falta de educación ve como la enemiga y que tiene, a ojos de esta socie­dad, un defecto. Uno grande: no puede tener hijos.

Y con ella en una visita, entra la muchedumbre. El mundo ex­terior. Madrid. Ensoñaciones de intercambiarse el alma con ella, de darle un niño y quedarse con Juanito llega a imaginar. Y así, llega su prometido: Maximiliano. Al que poco a poco va sopor­tando y este era otro de los objetivos del encierro. Que vaya desestimando la falta de amor como mundano y contemple la conveniencia de ese matrimonio como ≪sentido común≫. Esto viene de la figura masculina eclesiástica de Nicolás, un hermano de Maximiliano.


De por medio, se muestran como modelos a seguir Belén, que es muy aplicada, delgada y delicada, artista rehabilitada y Felisa. Ambas relacionadas con el mundo escénico, las artes, la perver­sión. Y no quieren nada de volver al mundo, que está corrupto, se alarman ante la idea.

Todo el mejunje le causa tal obsesión por ser ≪honrada≫, que acepta la idea de quedarse en la vida con Maximiliano, aun­que no le aguanta.

Pero Fortunata parece encontrar gusto en este proceso de las Micaelas. Lo que interpreto no a través de la mitad religiosa, que se le diluye con el tiempo. Ella no muestra devoción, muestra obediencia. Sino con la oportunidad de tener unos espacio y ma­teria de desarrollo. Lo que aprecio en el personaje, a lo largo de la narración completa del libro, es un deseo de felicidad genuina y saludable a través de la estabilidad. En este caso, de una carrera profesional. De un cometido.

≪[…] Cuando Maximiliano habló a su futura de próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso. ¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas re­giones magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por ella en la soledad y santidad de las Micaelas […]≫C.

Sin embargo, al hablar de la nueva casa, se siente más com­placida. Por tener un hogar honrado y estar tranquila. Lo que está buscando esta mujer es la estabilidad de que la sociedad la ha privado fruto de la desigualdad de género y monetaria.

Pero está tan amartillada por las voces de su tiempo, que su propia conciencia le dice, le dice literalmente, que puede tener eso, una casa, pero que tener también el matrimonio con alguien que le guste es demasiado pedir, caprichoso. Su propia conciencia le dice: pasa por el aro. Porque Fortunata no ha recibido una educación.


Llega el calor. Tras una recaída de vergüenza por sus pecados, Mauricia ve a la virgen. La descripción parece más un momento de ataraxia, de calma tras este dolor. De plenitud consciente con imaginería sugestionada por el contexto espacial. Es un persona­je que, de hecho, me hace pensar en el Trastorno Límite de la Personalidad.

Por cierto, digo vergüenza, no arrepentimiento. Hay una dife­rencia entre la flagelación social por las faltas y el principio de humildad que precede a la reconstrucción de hábitos, moral, ética que requiere de una sociedad más cálida y dispuesta. ¿Qué hemos de hacer? Por lo pronto te diré que falta más hueco para enseñar ética en las escuelas y las hay concertadas.

Y esto es un problema. Tras la liberación, la limpieza, viene la relajación. Que sin rehabilitación, te tropiezan hacia la recaída. ¿Os ha pasado que conseguís eliminar una vez un mal habito y, según os alegráis, tenéis el pensamiento fugaz de celebrarlo con uno de esos? ¿Postres, tabaco, trasnochar viendo la tele, (pausa) alcohol?

Por la noche, Mauricia ya desquiciada, roba del altar el mismo alcohol que le daban antes, que se usa en moderación como me­dicina. Hasta le habla a la botella.

Lo que desenvuelve en que, las mismas monjas que están in­tentando ayudarla y castigarla al día siguiente, deban huir ante sus intentos de agresión física. Sin fatalidades, llega a acertar una pedrada a Guillermina. Finalmente, después de que no se haya recuperado, qué sorpresa, recibe la expulsión.

Y Fortunata, separada de su nueva amiga, de la única comuni­dad femenina que ha habitado, marcha para someterse al matri­monio. Es colorida la realidad de que las comunidades femeninas, tan necesarias, tiendan a ser, por apretujones de la sociedad, tan provisionales.

La novia no hará más que dar bandazos y estropearse la vida. A Mauricia la matará el alcohol.

(Fundido).



Seiscientos uno



(Tono aburrido): Con lo fácil que es mantener la cara tranqui­la metida en los libros y aun así consiguen sorprenderme con sus alborotos.

(Luces; visible hartazgo en AdC, de vuelta, que se abanica).

¿Puedo encerrarme de por vida en una biblioteca ya? ¿Falta mucho?

¿Habéis visto que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid provoca angustia y comparte estética con ≪Los chicos del coro≫? (Imagen).


≪El final de la infancia no llegó con la edad, sino con el em­bargo de la vivienda familiar y el traslado forzoso a la casa de su padre. Aquel episodio fue el primer bache de una trayectoria que ella definió como una caída libre hacia la desesperanza≫D.

El derecho a la autonomía sobre la propia vida, repito, sobre la propia vida, pareciera que está, esto es, ha estado, en disputa desde mucho antes de nuestras memorias. Tercer término clave: memoria.

Sin embargo, hay una dinámica entre el acceso y efugio a la vida colectiva que me ha llamado la atención por casualidad. Ha­bía estado rondando la idea de dedicar esta escena a la resignifi­cación de Cuelgamuros. Cuando una sugerencia del algoritmo (feo en las fotos, empeora en persona) me ofreció una conver­sación acerca del caso de Noelia Castillo Ramos.

Sin motivo aparente ya se había grabado en mi imaginación con ahínco la historia de su último intento autolesivo, cuando se arrojó desde un quinto piso. Y me llamó la atención la trayectoria opuesta que encontré, al ir con el plato a la bandeja contigua: la trayectoria ascendente que dibuja la gran cruz del Valle.

Una comparación frívola y reprobable. Pero no por ello inútil. Porque este es un asunto de familia. Este es el juego del perro del hortelano.

Por supuesto sabemos que todas las vueltas alrededor del bufé no son más que preámbulos afectados: ≪es que la integridad es­tructural del monumento≫, ≪es que la izquierda empieza por aquí y te coge el brazo≫, ≪no, es que la memoria histórica debe guardarse tal y como está≫. Claro, porque la idea es man­dar a tres payasos, Bobito, Pepito y Listillo, contratados de albañiles, que la izquierda no quiera celebrar un régimen fascista es ya casi un monumento a la hoz en la Plaza de Sol y la buena historia viene caracterizada por la ausencia de crítica.

¿De qué va esto realmente? Para lo que nos incumbe, de lo que debemos llamar ≪familia nuclear burguesa≫. Este proyec­to no pretende ahondar en los conceptos de familia, núcleo, ni burguesía, tanto como echar un puñado de bisutería sobre la mesa y dejar que te lo imagines. En resumen, se forma esta es­tructura como manera de dominación económica y de género. Como vía de acumulación capitalista. Poco después, las luchas obreras. Las facciones más exitosas, desechan las propuestas de abolición familiar en favor de ganar respetabilidad imitando los ademanes burgueses. Piensa, por ejemplo, en los suburbios estadounidenses. El otro camino con más tracción, en paralelo, es el de la liberación LGTB. Por supuesto, esta misma familia, que se ve acogida también por el fascismo de la época, da una base gigantesca en visibilidad a la ≪familia≫.

Bien. Pues sucede que nos encontramos en este punto. La de­recha defiende con ahínco este modelo y la izquierda moderada, muy moderada, que está en el poder no quiere ser la que ≪atacó a la familia≫. ≪¿Podemos recortar un poquito el franquismo, por favor? Pero no marxismo. No homo≫.


≪[…] <Lo paradójico es que el Estado ayuda a una persona que desea morir a morir> en vez de proporcionarla los recursos socioeconómico y psicológicos para vivir≫E. (Condescendien­te): ¿con qué presupuesto?

Y aquí tenemos probablemente el mayor monumento literal del país a este modelo social. Un régimen autoritario muy ligado al clero que propone a la madre como cuidadora, el padre al mando y los niños como posesión. Nada de género más allá de esto, nada de colores de piel extravagantes, miradas estructura­les, ni improvisaciones al plan, ¿de acuerdo?

Bueno. Pues resulta que si te ha tocado jugar dentro de este terreno, porque por ejemplo naciste dentro de España, la opción de abstenerse no lo es. No se te ofrece. Y aquí es donde el autoritarismo pasa de ser la despensa de las malas ideas a un polvorín. Si quieres otra estructura familiar, eres una amenaza a la nación. Si quieres escapar, un insecto en la mirilla del francotirador. Si quieres preguntar, un peligro para la juventud, ¡como Sócrates! O en el sabor específico de los dogmas religiosos preponderantes, según cómo trates tu vida, podría constituir una afrenta a mi credo. E incluso desde un ateísmo inconsecuente y pasivo que va al rebufo de lo sacro, una afrenta a la manera que tengo de explicar el tejido social.

Veréis, sucede que las malas explicaciones son peligrosas. Desde ≪el conservador Partido Popular, cuyo líder, Alberto Núñez Feijóo, aseguró que las entidades encargadas de proteger a Noelia <le fallaron>≫F hasta el padre: ≪El conflicto entre el progenitor y la hija ha sido uno de los aspectos más dolorosos y debatidos de este caso. Mientras el padre alegaba que Noelia no tenía capacidad para decidir debido a su estado mental, ella man­tenía una firmeza que los jueces acabaron validando en todas las instancias. <No me hace caso, no entiendo para qué me quiere viva>, decía Noelia≫D.

Como veis la culpa del sistema por falta de ayuda o médicos capaces, según estas perspectivas, es más plausible que la capaci­dad de una mujer de decidir sobre la eutanasia con responsabilidad y conocimiento. Con guarnición de capacitismo.

Porque no se puede conceder que esta sea una vía que alguien tome sabiendo lo que está haciendo. Debe haber un fallo en algu­na parte.

Y aquí es donde vemos que la derecha se come a sí misma. Vemos de qué manera toda forma de ella es, como mínimo, la antesala (sonrisa) del autoritarismo. Porque impulsa una falta de control que imposibilita igualdades y libertades reales. Y cuando no lo hace donde adhiere bien la idea, se aplica manualmente una restricción.

(Podrías defender que estoy mezclando neoliberalismo con fascismo. Sostengo que sólo son dos fases en el ciclo de un mis­mo motor).

De esto se trata, ¿no es cierto? Debes jugar al juego de la fa­milia. Se despliegan obstáculos en cada alternativa y salida. Y para terminar la decoración del pastel, si esto te pilla siendo mujer sólo te van a quedar los antidepresivos, el alcohol, la infidelidad y una enorme ristra de estereotipos sobre que eres una histérica, te pasas el día bebiendo vino y una promiscua también.

Pero no quiero apartar la lupa. Habéis entendido como se arti­culan ambos fenómenos. Decidme, ¿entendéis también esto?:

≪[…] El acoso llegó hasta el último minuto de su vida, ya que se plantaron delante del hospital con rezos y velas≫F.

(Fundido).



Buenas, chicas. Poco que añadir al final esta vez, aunque es una parte que me gusta mucho. Sigo con ≪La hora de abolir la familia≫. Aún habituándome, y por suerte acomodándome (aun­que poquito a poco), a todo el ciclo desde el estudio y la escritura hasta la edición y la subida. Cada vez más enamorada de ello. (Susurra:) qué vergüenza. Sigue habiendo demasiada distancia entre lo que me propongo y lo que termina por ser. Al menos pa­sada la escritura, sobre todo. Pero sudar sangre también es mi plan B. (Risa).

Espero que estéis todas bien. De nuevo, quiero ver puesto ese protector solar y un dieta lectora equilibrada. Que disfrutéis del día.

XX

 

 

 

1 Una alarma de seguridad, de qué, de quién, exactamente dónde qué importará, suena endiabladamente y de repente en algún lugar cerca de mi salón. Así recuerdo que suena cerca del salón de mi casero. Sólo que yo estoy dentro. Rompe el relato, rompe el flujo literario, para con el vaivén timbrando en mis tímpanos dolorosamente. Está bien, te lo concedo: soy sensible sensorialmente. No solamente. Pero es lo que me importa esta vez: sensorialmente. Cuánto habrá moldeado esta fragilidad este ≪yo≫. Ha parado, no me había dado cuenta. Hasta que ha empezado el martillo de la obra. Fenomenal. Estamos en los días del mundial de fútbol. En España. Con más frecuencia las noches interrumpen mis lecturas. Con Asimov exploro la galaxia entre gol y gol.

La conversación sobre cultura, alta o baja, es una endiablada. Quizá, aun así, entre la fuerza arrolladora de mucho más escándalo del que nadie puede soportar (con una mente que estaría, luego, en pie para hacer la menor inflexión sin tropezar al suelo), hay algo que decir. Con menos desprecios y también más carácter que: cada uno con lo que le gusta, es válido, ¡al menos están leyendo!, vuelve la alarma, pierdo la última idea de la enumeración.

Es el día siguiente. Está tranquilo. Mis pensamientos saben a sandía.

2 Debo decir, para que esto no quede cojo como Marcela, que sé que esto es síndrome de abstinencia y alcohólico específicamente. He tenido la desgracia de conocerlo. No tengo ninguna gana de hablar de ello abiertamente, me produce una vergüenza atragantante. Solamente quería apuntalar con firmeza el comentario. Por fortuna, ya queda atrás.

3 Recuerdo que la interpretación de textos no debe ser una que busque lo que es, la interpretación como opuesta a la falsedad. Sino una fertilizante. Que estimule ideas de reflexión y/o disfrute. La interpretación de textos debe ser un juego constructivo que se entreteja a la escritura nueva.

 

 

 

A: ≪A room of one’s own≫ por Virginia Woolf, LibriVox (2025).

B: ≪Amor rojo≫ por Alexandra Kollontai, Verso (2023).

C: ≪Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas≫ por Benito Pérez Galdós, LibriVox (2019 y 2020).

D: ≪Noelia Castillo, el final de una vida <sin metas ni pro­yectos>, pero con la determinación de morir en paz≫ por San­tiago Riesco Pérez, RTVE (2026).

E: Federico de Montalvo en ≪Eutanasia y sufrimiento: la res­puesta no puede ser acortar el camino≫ por Mireia Bonilla, Vatican News (2026).

F: ≪Eutanasia de Noelia Castillo: <Ella sufrió un calvario ju­dicial que alargaron para enturbiar la situación y asustar a los médicos>≫ por Paula Rosas, BBC (2026).

≪Vandalizan con mensajes franquistas y contra Pedro Sánchez una máquina de las obras de resignificación de Cuelgamuros≫ por Elena Herrera, elDiario.es (2026).

≪La batalla por mantener la obra magna de Franco: ocho años de asedio que aún frenan la resignificación de Cuelgamu­ros≫ por Marta Borraz, elDiario.es (2026).

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