Apreciación de la primera excursión
Por fin estaba lista. Tras ≪un millón de días o algo así≫, según mediciones de la casa, Mar estaba lista. Nunca había salido de la biblioteca que un pirata de los de cimitarra y bombacho (gran gusto literario también, claro está) había atesorado en el corazón de Isla Catalina.
De acceso submarino justo bajo Múrice, la había puesto a reventar de estas delicias a las yemas de los dedos por su porosidad, las palmas por la distribución del peso y a los ojos por el peso de una buena historia. Y lo hizo con gran esfuerzo, con el estómago desproporcionado, afrentoso de un cabritillo al que había querido mucho su cuñado, con quien había sido mejor amigo, precisamente, hasta que se hizo su cuñado.
Sucede que Mar no recordaba vida más acá. Ella había tenido siete desde hacía muchos años. Porque pensó que para hacerse vieja, mejor dejar de cumplir y asimismo lo decidió. Le gustaba pasar flotando a través de las bonitas lágrimas de ámbar que daba el tragaluz, con filigrana muy exquisita y confidencia entre ahí en todo lo alto y el fondo de alguna cierta fuente; y tocar en reverencia la corona que se había recortado. ≪Buenas tardes, <Filosofía Natural> volúmenes uno, dos y tres. ¿Cómo andamos, <Cintos en dos tonos>?≫ (este último de amor imposible; o parece, hasta que hablan). A todos les había dado ≪un millón de vueltas lo menos≫. Una cifra recurrente. ≪Pues dos≫.
Había estado tan entretenida que había ido posponiendo echar un vistazo al exterior. Tanto leer de dragones, misterios letales y complejas metafísicas, le quitan a cualquiera la prisa de ir a conocerlas. Pero hoy ya era.
En esto que se metió al agua, con poco miedo de no saber nadar. E iba diciendo ≪glu-glu, glu-glu≫, porque era como se buceaba. Y por alguna cosa no podía cruzar la piedra ni el cristal.
Cuando salió vio primero a tres niños. Pepito (el más crecidito), Paquito y Sebastián. Que tras haber puesto la caña un rato, se habían bajado de las maderas a la arena apartada a preparar un pulpo al fuego. Ya reposaban los tres, poco practicantes de las virtudes del saber parar, panza arriba y bien hinchada.
—Este pulpo no lo volvemos a encontrar.
—¡Y menos mal, Paquito!
—Pero traigo masa dulce con piñones —tentaba Sebastián—. La de mi mamá. ¿Para eso sí hay hueco?
—Para eso sí, hombre —ya se levantaban los otros dos.
—Tu mamá —decía Pepito, comiendo obligado de lo buena que estaba—… Tu mamá un día de estos nos va a matar. Que no mande más comida, que mande ayuda, ¿me oyes?
≪Pues vaya cosa en las rocas. ¿Esto eran los placeres de la carne que leí yo? Me se figura que sí. Tanta tentación en la dentadura y de golpetón. Mejor una buena lectura. Pues vaya cosa≫.
Quiso seguir explorando, ahora un poquito más tranquila. Y subió, dando vueltas alrededor de un viejo cabo como jugueteo, hasta que llegó a la terraza superior. No tenía intención de pararse a admirar algo que ya había visto en sus libros. Por grande y la más alta que fuera. Pero vio, en un rinconcito al pie, a un señor (o eso pensó ella) durmiendo la mona o más bien la gata. Que estaba sobre el vientre de él, panza arriba también. Una lata de sardinas vacía a lado y lado, la camisa para limpiar ventanas (¡por dónde se habría metido!) y el rabo todo peludo que, para eso sí, le tapaba las vergüenzas muy dignamente. Como si lo hubiera aprendido. O quizá más bien, como si alguien se lo hubiera interpretado caprichosamente. Qué atrevimiento.
≪Pues vaya cosa a la sombra. Una pérdida de tiempo me parece mí. Ni se da cuenta una de que está disfrutando, ni hace nada divertido, ni algo de provecho. Pues vaya cosa≫.
Fuese pasando por la…
¡Plom!
...Por la plaza, frente a la tabernurria, ahí al fondo desde…
¡Frus!
...Ahí al fondo desde este lado del mar, Palma Palmito. Pintada de negro desconchado y con el dorso de una mano dibujado bien en grande. Sujetaba con índice y pulgar uno de los aperitivos con un mordisco voraz. Este fresco, por llamada o identidad, estaba bien cuidado. O por aviso, porque ciertamente que olía a salmuera.
Tras un vistaz…
¡Güi-güi!
Tras un vistazo infructuoso por el risco de atrás, se fue siguiendo. Porque ahí sólo vio al asomarse a las autóctonas medusas colgantes (o coralinas). Anfibias que de las raíces de pinos y otras ramas secundarias se ponían así, como indefensas, para atraer a las ≪gafiotas≫ (según creía la pequeña que se pronunciaba, de aprehender por cuenta propia la gramática, sin mucha pragmática), y luego apresarlas caída abajo. Eran buena comida. Eran grande comida.
Y había que verlas subir con las patas por encima del cuerpo y poquito a poco. Y bajar. Como un mocho de fregona dando vueltas descontroladamente. A fin de cuentas no se podían romper un hueso. En verde claro algunas y otras en rosa pálido cuando las descubrió, por primera vez, Cala Ssificat.
≪Debemos entender [decía] que estas criaturas no tienen ojos, corazón, ni un instinto de preservación de las nuevas generaciones. Como puede apreciarse del hecho de que no muestran capacidad de reconocer de quién es cada una de las crías. Pues las mezclan y comparten. Debemos entender, repito, que esto la convierte en una especie del Reino Vegetal≫, ≪Descubrimientos en los ecosistemas verticales≫.
Y siguiendo, siguiendo, vio a las amigotas del Acuario. Que esta vez andaban soplándose las uñas, que se las acababan de pintar. Pero una de ellas no estaba convencida y la otra: ≪Pues te las pongo de marino≫, ≪Yo tengo azulito así como con un poco de verde, pero no turquesa≫, ≪Cerceta≫, ≪Cuando os aclaréis vosotras tres, os dejo fijador, pa’ que dure más≫. Y Doña Indecisa: ≪No. Es que luego me entra ansiedad de decisión≫.
Entre todo este bullicio cromático Mar se extrañaba de nuevo. ≪Pues vaya cosa graciosa. Si de todas formas se les va a borrar. Y habrá que volverlo a hacer. ¿Y para qué? Mejor sería que pintaran un cuadro, que dura más. Pues vaya cosa≫.
≪Bueno, que me voy≫ espetó la Cerceta. Pues Mar le siguió la estela, a ver qué tal. Se iba cambiando como hace ella. Una bajaba las escaleras, la otra se colocaba en un trozo de barandilla faltante. Una entre las callecitas de las casas, de maceta en un alféizar. (Concretamente el de don Víctor Noguera, que con la puerta abierta del trastero de casa hecho taller, trabajaba el barro. Según parecía, había tenido tres preciosas niñas que faltaron de salud. También su Josefina se marchó desto mismo). Iba llegando al puerto, pues de ≪gafiota≫. Hasta que se puso con los brazos en jarra y a grito:
—¡A ver, Sebastián! ¡Las siete! ¡Para casa a cenar!
—¡Voy, mamá!
Se despide de los amigos.
—¿Te lo has pasado bien, cariño?
—Sí. ¿Podemos cenar un poco más tarde? Aún no tengo hambre.
≪Pues me voy yo también≫ y abajo: ≪Glu-glu, glu-glu≫. Finalmente, llegó a su escondrijo para cerrar el día. Que no tenía despensa porque ella no cogía apetito. Que no tenía más que una vitrina, en la que se echaba a reflexionar con los ojos cerrados y el ceño apretado: ≪Hm. Hm-mm-hm. Hm-hm-hm≫. Y como tenía el ver que gustaba según el día, espejos de qué.
≪Pues vaya cosas. Pero mañana volveré≫.
G
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